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gen 25 2011

Consultoría al dente [ #todoporlapasta ]

Publicat per Anna a redca

Spaghetti


Me lo voy a perder, irremediablemente. El próximo taller de la Red de Consultoría Artesana orquestado por Julen y Asier el 28 y 29 de este mes, promete ser más que interesante. Por suerte, cuento con los apuntes que los colegas de #redca han ido publicando y que se recopilan bajo el epígrafe “Materiales de consulta” en el blog Todo por la pasta creado para la ocasión.


Me hacía ilusión reencontrarme con todos ellos, me interesaba [sumamente] oírles hablar de finanzas artesanas. Somos tan diversos… Una servidora aterrizó hace poco en todo este lío y lo hizo de una manera peculiar, lo reconozco. Ya sé que dedicarme a la consultoría a tiempo parcial podría parecerse más a un hobby que a otra cosa, pero pongo mucha ilusión y no menos esfuerzo y dedicación, como si en ello me fuera el sustento [el único, se sobreentiende]. Por otra parte, tener el flotador de un sueldo fijo al mes que me permita mantener la cabeza fuera del agua mientras doy mis primeros pasos como consultora no es una cuestión baladí, como tampoco lo es el hecho de que no haya llegado a este punto desde una ocupación de consultora por cuenta ajena (y que, por ende, conoce el percal a fondo) o que –por tratarse de los inicios– no tengo clientes [así, en cursiva porque no me gusta nada el término, pero a falta de alternativa bueno es para evitar perífrasis innecesarias] de los que pueda decir que nos une una relación de confianza tejida en el tiempo: trabajo en proyectos que empiezan y acaban y que no sé si me llevarán a coincidir en otra ocasión . De momento, nos empezamos a conocer.


En estos últimos meses, he ido aprendiendo [poco a poco] por  el infalible método del “trompazos learning”. Tengo más dudas que certezas: la elaboración de propuestas, la elección de proyectos y –como novata que soy– las que más sobre qué precio ponerle a lo que hago. Y es que hay cosas que no te las enseñan en la facultad y que tampoco se aprenden mientras trabajas por cuenta ajena.


Después de un poco de investigación sobre precios y un mucho de conversaciones con colegas, creía estar preparada para predecir [dedo índice levantado al viento] que una hora de mi tiempo cuesta x. Hasta aquí todo bien, si no fuera porque me da por seguir pensando. ¿Qué pasa con el rendimiento? Porque me conozco y sé que no soy igual de productiva en diferentes franjas horarias ni según lo que se trate de llevar a cabo. Además, si tengo más experiencia en lo que hago, tardo menos en hacerlo pero genero más valor al cliente por una simple cuestión de pericia. Es indiscutible –e inevitable cuando trabajas en proyectos pequeños que requieren que zurzas por igual un roto que un descosido– es que el cliente no recibe el mismo valor del tiempo invertido si trabajo dentro de mi zona de confort técnico o no. En este caso, facturar por horas puede llegar a resultar algo contradictorio.


Entonces, mejor facturo por proyectos, ¿no? Ponerle precio a un proyecto es hacerlo sobre lo que sé de él, pero también sobre lo que no. Así que, ¿cómo le pongo precio a algo que no sé al dedillo qué es? Ahora precisamente, cuando hace poco he tirado definitivamente por la borda los malditos Gantt y demás parafernalia e intento desmigar los proyectos en trocitos masticables que acaben en resultados que se ven, se huelen, se tocan. Ahora precisamente, que mi grito de guerra es aquel de “menos compromisos y más entregables”, que después de cada fase nos sentamos a revisar lo que en su día dibujamos sobre la siguiente y repensamos el plan para llegar al siguiente mojón en el camino, ¿no sería más lógico –aunque pueda también ser más laborioso– que verifique/corrija/revise propuesta y presupuesto a la par?


Pero ya que al final –sea proyecto o sea dedicación en tiempo– estaremos de acuerdo en que se trata de convertir en valor lo que hacemos, ¿por qué no facturamos en base a dicha magnitud? Suena sugerente, pero resulta que le das dos vueltas y concluyes que no es tan sencillo. En primer lugar, tengo ciertas dificultades para correlacionar conceptos como valor y precio; en segundo lugar, porque aun tratándose de un proyecto idéntico, el valor obtenido sería percibido por dos clientes de manera diferente según la aportación resultante.


Resolver problemas o construir soluciones son dos cosas absolutamente diferentes. ¿Cuál de ellas vale más? Para el cliente, sencillamente, aquella que satisface la necesidad expresada. Entonces, si el factor que debiera regir cuando determinamos un precio es el valor que el cliente percibe, parece meridianamente claro que quizás no deba preocuparnos tanto la fórmula de facturación elegida como el asegurarnos que proporcionamos valor a nuestros clientes por cada uno de los momentos que les dedicamos. Y puesto que las demandas varían de una a otra a pesar de que provengan del mismo cliente, también debería poder hacerlo la fórmula que apliquemos.


Ojalá las jornadas de Bilbao arrojen reflexiones, comentarios y rico debate que me ayuden a dar con la solución a este jeroglífico No deseo saber cómo justificar el precio de una propuesta, lo que quiero saber es cómo se determina el valor de lo que ofrezco. No es nada personal: sólo quisiera  tener la certeza de que, ante una propuesta de proyecto, el cliente tiene la misma percepción de valor que yo le atribuyo.

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