nov 22 2009
Higiene y relación profesional

Este post es el primer resultado de un fructífero trabajo de investigación –iniciado recientemente– sobre fauna organizacional. Para llevarlo a cabo, he optado por el trabajo de campo como fórmula idónea que arrojase –desde la observación– datos relevantes. Todo ello sin olvidar el limitado radio de acción con el que cuento para desarrollar este estudio fuera de mis fronteras naturales, por lo que la observación de usos y costumbres en lo que me rodea se erigirá en la principal fuente de información. Albergo –porqué ocultarlo– la leve esperanza de que tan ardua tarea merezca, algún día, el reconocimiento necesario para iniciar un periplo que me permita contrastar el dicho popular de “en todos lados cuecen habas y, en mi casa, a calderadas”.
Como casos dignos de estudio no faltarán, no dedicaré ni un minuto a decidir por dónde empezar. Inicio este estudio con un modelo que todos tenemos al alcance y podemos valorar: el pelota, un patrón universal de comportamiento en el ámbito laboral, también conocido con la fea palabra de lameculos. Éste es un ejemplar que se caracteriza, según definición del diccionario, por ser una “persona que adula generalmente con el propósito de conseguir alguna ventaja”. Al ejercicio de actividades desplegadas por un pelota se le conoce con el nombre de peloteo y, sin haber osado jamás a ser puesto por escrito, semejante grado de implicación mal entendida puede llegar a ser considerado como mérito a tener en cuenta para promocionarse y escalar posiciones en el organigrama, ya sea en una empresa privada o pública.
Cuanto más jerárquica, rígida y piramidal es una organización, más terreno abonado encuentran los pelotas para desplegar su actividad. Pero, como dice el refrán, “en este mundo de monas, hay más bestias que personas” y resulta que no somos tan diferentes de aquellos con quien algún día nos emparentaron, los chimpancés, aunque algunos se consolaran porque se les asegurase que el vínculo era remoto. Sentados en grupo, se dedican al despioje, su pasatiempo social por excelencia. Al margen de una cuestión de higiene, tal actividad no es gratuita y persigue el retorno de un beneficio, a la vez que denota una estructura relacional determinada donde el cómo se hace y quien es el destinatario reflejan el orden establecido. Algo que, en este sesudo estudio, hemos convenido en denominar como la jerarquía del piojo.
Claro que sería imposible concebir un mundo de pelotas sin la existencia de peloteados, personas con bajo índice de serotonina en el cuerpo, que necesitan de otros para poder incrementar y mantener los niveles apropiados a base de pequeñas inyecciones de adulación desmedida y no exenta de efectos colaterales. Leo, en un post de Francisco Alcaide [“3 cosas innegociables”] y en referencia a aptitudes y actitudes directivas, como puede afectar el trato injusto a un equipo de trabajo: “Los amiguismos, los favoritismos y las afinidades personales pueden mermar notablemente el compromiso del equipo. Y si el compromiso cae, el talento se resiente.”
Es [debería serlo] motivo de preocupación si detectamos en nosotros mismos una actitud así, de igual manera que lo haríamos si lo descubriéramos en alguien a nuestro alrededor. Pero cuando se ocupa una posición de responsabilidad en la estructura, de la que depende un grupo de personas sobre las que impactan tus decisiones e indecisiones, es preceptivo tomarse el tiempo necesario para detectar si en el equipo hay un pelota. Porque, además del daño que pueda estar causando en tu entorno laboral, puede ser una señal evidente de que tu valía profesional esté mermando al ritmo de algún sonsonete que debiera incomodarte. No lo hagas y, quizás, un buen día te sorprendas a ti mismo apalancado en la comodidad que te da pensar que ya no hay retos que afrontar y tarareando aquella vieja canción: “…miénteme y prometo creerte”.
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