oct 04 2009
Viejos conocidos

Esta entrada ha sido escrita con una única pretensión: recrear, aunque sea sólo por un instante, la magia de encontrarse cara a cara con alguien a quien jamás has visto, pero que –sin embargo– ya conoces. Intercala ficción y reflexiones en voz alta, en una percepción subjetiva y personal donde lo único verídico y real son los tuiteos entrecomillados de Lorena.
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10 de septiembre. Lorena -@lorenaubierna en Twitter- visitaba Barcelona. Aprovechó la ocasión para encontrarse con otros tuiteros, a los que no conocía más que en la red. Desvirtualizar, así se denomina. Acabado el encuentro, escribió un tuit que me hizo sonreír y que descubriréis en el relato que sigue. Reconocí, al instante, la sensación que acostumbra a embargarnos después de un encuentro como éste. Porque, al contrario que en la vida cotidiana, conocernos presencialmente se convierte en algo anecdótico.
Caía la tarde. Había acudido a la cita antes de la hora, así que decidió entrar y sentarse en una mesa. Escogió una algo apartada, un rincón acogedor que se le antojó ideal para una velada de conversación tranquila. Removió el café, inquieta, y se acomodó en la silla. Desde la mesa podía observar las idas y venidas de clientes y camareros; también, el vaivén continuado de la puerta, que volvió a abrirse por enésima vez. No pudo evitar dirigir la mirada. Aún no, pensó, mientras suspiraba. Parecía como si todo se hubiera confabulado para que la espera se hiciera interminable.
Desvirtualizar, que es cómo se le llama a conocer presencialmente al alguien con quien –hasta el momento– sólo has mantenido contacto virtual, es un vocablo paradójico. Lejos de lo que nos haría sospechar el prefijo, no supone despojar a tu interlocutor de su faceta virtual, sino completarla: como quien encaja una última pieza en un puzle, la que completa la obra que has ido construyendo, la que te devuelve una imagen fiel de algo que intuías.
En las horas previas, tengo la sensación de vivir atrapada en un acertijo y una leve sombra de duda me envuelve: ¿sabré reconocerte? Y dibujo de memoria, con trazos construidos a base tuiteos, de un avatar, quizás de algún correo que llegué a intercambiar. No hay más. Con unos cuantos retazos de lo que imagino, me lanzo a la aventura de darte forma, para acabar reconociéndote –con todas las acepciones del término– cercano, mucho más de lo que hubiera imaginado.
Desvirtualizarte es examinarte con cuidado y detenimiento. Eres alguien a quien he imaginado, a quien he presentido. Con una intuición fuerte, firme, basada en ideas y opiniones, en conversación. Apreso el instante, que viene acompañado de un cierto regusto de dejà vu. Es darle forma a algo que hemos construido entre los dos: para que fueras tú, primero he tenido que aprender a ser yo, para convertirnos [finalmente] en un nosotros. No somos ajenos el uno y el otro: las percepciones se vuelcan recíprocamente, la realidad se conforma con fragmentos aportados por ambos.
Desvirtualizarte es distinguirte de los demás por tus rasgos, que mis ojos sean capaces de ver más allá de tu presencia. Descubrir en los gestos y en las palabras, los tuiteos, las entradas en el blog, tus ideas y pensamientos, tu manera personal de expresarlos. Te completo, te doto de una dimensión más, reconozco en todo ello algo de ti que ya había degustado anteriormente en la red.
Desvirtualizarte es demostrarte gratitud: por lo que hemos compartido, por lo que he aprendido de ti, por la conversación enriquecedora, por los momentos en la memoria. Como expresó certeramente Lorena: “La desvirtualizacion, ahora, es pura esencia humanizadora de las relaciones digitales y está claro que hay algo que nos une a todos. Resonancia”. Una gratitud que me empuja a dar un paso adelante, a abrir otro espacio al conocimiento mutuo. Te diría, sin miedo a equivocarme y a modo de saludo, que estoy encantada de conocerte, encantada de reconocerte.
El tiempo, verdugo implacable de los minutos en los momentos dulces, avanzó vertiginosamente. Se despidieron y cada uno siguió su camino. Había refrescado y pequeñas gotas de lluvia presagiaban una noche fría. Deambuló, ensimismada, por las calles solitarias. No fue hasta un rato después que se dio cuenta de que la lluvia arreciaba, pero no apresuró el paso: le apetecía respirar el aire de la noche, transitar lentamente, tener tiempo y espacio suficientes para paladear el recuerdo de aquella tarde.
Llegó a casa calada hasta los huesos. Una infusión caliente, pensó, le ayudaría a conciliar el sueño. Mientras hervía el agua, tuiteó: “Hay que desvirtualizar más”. Al poco, embriagada aún por los acontecimientos, volvió a teclear: “Todos son más guapos que en el avatar”. Un tuiteo fugaz que dibujó, sin ella saberlo, una sonrisa al otro lado de la red.
Se deslizó entre las sábanas hasta que el embozo le acarició el mentón. Otra vez en casa. Se acurrucó mientras cerraba los párpados hilvanando un último pensamiento: “Una bonita experiencia ver que lo digital es totalmente real y auténtico. Estamos en contacto, ahora más cercano”.
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